domingo, 8 de febrero de 2015

EL DÍA QUE UN GRANO DE ARENA LE HABLÓ A RAMÓN

Míralo, ahí, de camino hacia la playa. Hoy se levantó algo cansado, aunque ni siquiera él sabía el porqué. Para ser exactos no era cansancio lo que sentía. De hecho él no se preguntaba por su estado de ánimo, no era consciente del tono ceniciento que durante el día habían adquirido las cosas entre las que se encontraba.
Vivía solo, en una pequeña casa cerca del mar, propiedad de su madre y heredada de su abuela. Acababa de despertarse y, sin asearse, se dirigió a desayunar. Tomó unas cuantas galletas y un vaso de leche sentado en la pequeña mesa de la cocina, en la que todavía quedaban algunas migas de pan y restos de comida de la noche anterior. Miró por la ventana, la que daba al este, las nubes grises apenas permitían descubrir que el sol ya había salido. Pero él no reparaba en estos detalles, tan solo trataba de averiguar en qué debía ocupar las horas del día que recién comenzaba. Guardó el paquete de galletas y dejó el vaso en el fregadero. Se aseó, se vistió y salió dispuesto a dar un paseo por playa, sin que pudiera saberse en qué momento tomó esta decisión.
El camino a la playa atraviesa distintos solares sin edificar, quizá debería haber dicho atajo, pues es un sendero entre matorrales del mediterráneo, la mayoría secos, en el que resulta fácil encontrarse alguna lagartija esperando que el sol le caliente la sangre. Ramón andaba muy despacio porque, como siempre, va pensando en sus cosas. Bueno, más que pensar en sus cosas lo habitual es que las ideas le aparezcan y desaparezcan de la cabeza sin venir a cuento. Estas situaciones le suelen provocar un estar a la espera, un atender a sus pensamientos sin saber la razón de por qué aparecen esos y no otros, creyendo que ya que aparecen debería aprender algo de ellos. Pero al parecer no es así. Por ejemplo, cuando ve una lagartija lo piensa como un hecho significativo, ese hecho le tendría que enseñar algo, la lagartija le tendría que decir algo. Y claro esa mañana también se detuvo junto a una lagartija, se acercó lo justo para que no se ahuyentara y esperó. Pero las lagartijas hasta ahora no le han hablado, la escasa naturaleza que lo rodea, más muerta que viva, o enterrada en vida por el polvo y la sequedad, tampoco le ha dicho nada. Él desea pertenecer a ese mundo y quizá por esta razón espera alguna señal, espera que ocurra algo, pero nada sucede. Así que reanudó la marcha como si nada. Y como si hubiera escuchado estas palabras le aparecieron estos otros pensamientos. Reanudar, re de reiteración y anudar de ir a nudar, ir a hacer nudos. Reiteración de nudos, reanudar un paso con otro, reanudar lana para confeccionar una bufanda, reanudar lo ayer anudado, reanudar los pensamientos inconclusos, la lectura de un libro, reanudar… ¿Qué razones habría que alegar para no reanudar algo? ¿Cuándo apareció el hilo en el que uno se debería encontrar anudado a otros, con otros o con el mundo? ¿Cuándo se rompió ese hilo? El humano, un nudo cuya reanudación cayó en el olvido.
Y mientras pensaba estas cosas llegó a la vía del tren, la cruzó sin prestar mucha atención, bajó las escaleras de cemento y tras un par de pasos se sentó en el escalón que dividía la playa entre la zona alta de piedras y la baja de arena, que apenas consistía en una pequeña franja en la que no todos los días uno podía tumbarse. Allí se quedó sentado mirando al mar. Entonces le vino a la memoria el día en que bajó a la playa para hacer una redacción sobre el mar, de esto hacía años. Ni entonces ni ahora sabía qué decir del mar. Lo miraba y solo se le ocurría que era grande y azul, con olas, unas grandes y otras no tanto. Si por él fuera ahí acabaría la redacción. No había más, solo agua, mucha agua, cualquiera podría acercarse y verlo, nada más que agua. Y sin embargo, él estaba a la espera de escuchar algo. Como si supiera que el mar algún día le fuera a hablar. De hecho, permaneció en silencio escuchando las olas, solo quería oír las olas, ningún pensamiento, solo el sonido de las olas. Y así se acercó hasta la orilla, y observó que lo que parecía un murmullo incesante se componía de todos y cada uno de los sonidos que aparecían y desaparecían con cada ola. Estallidos de agua contra el agua, unos aquí y otros por allí, y el contrapunto del retorno a la calma tras los momentos de mayor agitación. Pensando en esto se tumbó y deseó quedarse así para siempre, mirando el cielo y escuchando el mar. Deseaba no sentirse extraño, no sentirse ajeno a todo lo que sucedía cuando comprendió lo insignificante de todo aquello. Él era un ser insignificante. Ahora nada tenía significado, nada valía más de lo que pudiera valer un diminuto grano de arena. Quería hundirse en ese mar de insignificancia, sentirse tan insignificante como los sonidos que oía o la forma de las nubes que veía.
Y en este estado se encontraba Ramón cuando escuchó un grito inaudible, un pequeño pero rotundo no. A lo cual siguieron estas palabras susurradas:
«Si tú te crees insignificante, piensa en un grano de arena. Y quizás te preguntes cómo algo cuya realidad es tan patente puede pasar tan desapercibido. Pues es cierto, la insignificancia, mi insignificancia, resulta indiscutible. Vivo igual seco que mojado, en la orilla o en el fondo del mar. Cualquier brisa o el más ligero soplo de aire podría llevarme a no se sabe dónde. Y a nadie le importaría a dónde iría a parar. Carezco de identidad, el Universo entero podría imaginarse sin mí. ¿Acaso pensarías que algo habría cambiado en el Universo si desapareciera un único grano de arena? Ya respondo yo por ti, nada habría cambiado.
»Sin embargo, el Universo y yo sabemos que ya no estaríamos hablando de lo mismo. Sin ese grano de arena, no sería el mismo Universo. Es más, el Universo sabe que está hecho de insignificancias de arena. Por eso cabría decir que mi insignificancia es universal y, por la misma razón, que la significación de todo el Universo cabe hallarla en un solo grano de arena.»
Ramón comprendió lo que escuchó. Por fin algo o alguien le había hablado, pero no fue como él esperaba. No esperaba que las palabras fueran pronunciadas por un minúsculo grano de arena que no podía ver. Decidió marcharse y, si bien no dudaba de que la arena le había hablado, también decidió no contárselo a nadie. En el fondo iba contento pues había aprendido algo que no sabía explicar, pero que era tan cierto como la sonrisa que se le formaba en el estomago mientras regresaba a casa recordando esas pequeñas palabras. 

 

miércoles, 23 de julio de 2014

Wittgenstein, ¿Saber jugar al ajedrez es un proceso interno?

Me encuentro en la página 423 de las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein, dice así:


«¿Qué le replicaríamos a alguien que nos comunica que en él la comprensión es un proceso interno? -¿Qué le replicaríamos si dijera que en él el saber jugar al ajedrez es un proceso interno? -Que a nosotros no nos interesa nada de lo que ocurre dentro de él cuando queremos saber si sabe jugar al ajedrez».
Y llegados a este punto desearía preguntar, ¿en qué casos sí nos interesaríamos por lo que ocurre dentro de alguien? ¿Interesarse por lo que ocurre dentro de alguien equivale a interesarse por un proceso interno? ¿En qué medida un juego, de lenguaje o no, puede consistir en tratar de alcanzar a comprender lo que ocurre dentro de alguien? ¿Interesarse por lo que siente de corazón es interesarse por lo que ocurre dentro de alguien? ¿En qué medida el «malentendido» puede transformase en su contrario «bienentendido»? 

lunes, 21 de julio de 2014

En torno a la entrada 672 de las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein

Me encuentro leyendo el punto 672 de las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein, que dice así:
«672. Suponiendo que la actitud receptiva se pudiera denominar un 'indicar' algo -en todo caso ese algo no es la sensación que recibimos».
Y después de leerlo me quedo pensando y descubro que me hubiera gustado preguntar: ¿pero a pesar de todo en algunas ocasiones quedan indicadas algunas sensaciones? ¿No es posible señalar una sensación? Y ello aunque sea cierto que la sensación señalada o indicada no sea la que recibimos. Pero entonces, ¿qué sensación queda indicada? ¿En dónde se encuentra la sensación señalada?
Quiero decir que doy por cierto que si llamara a alguien por teléfono y le dijera: «Esta mesa es demasiado alta», al mismo tiempo que señalara la mesa con el dedo (670), aquí el señalar la mesa con el dedo no desempeñaría un papel en el juego. Pero aun así yo señalaría una mesa. Y entonces preguntaría ¿dónde está la mesa que queda señalada? No en la precisa localización que señalo con el dedo. Sin embargo, me gustaría decir que sí en el lugar señalado por mí.

miércoles, 2 de julio de 2014

Párrafo 271 de las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein.

Dice así:
271. «Imagínate un hombre que no pudiera retener en la memoria qué significa la palabra 'dolor' -y que por ello llamase constantemente así a algo diferente- ¡pero que no obstante usase la palabra en concordancia con los indicios y presuposiciones ordinarios del dolor!» -que la usase, pues, como todos nosotros. Aquí quisiera decir: una rueda que pueda girarse sin que con ella se mueva el resto, no pertenece a la máquina.
Leo este párrafo una y otra vez. Creo entenderlo. Pero aun así todavía me queda una pregunta. Desearía haber podido preguntar, si no pertenece a la máquina la rueda que puede girarse sin que con ella se mueva el resto, ¿qué sentido tiene esa rueda? ¿Cómo ha venido a parar la rueda ahí en esa máquina? ¿Pertenecerá a otra máquina, habrá un lugar distinto de pertenencia? ¿Cuál? ¿Cómo saber de él, si es que pudiera saberse?
Y después de pensar en estas preguntas, no sé por qué me viene al pensamiento la lógica de Aristóteles. Quizá me inquiete la pregunta por el lugar de pertenencia... Si la máquina no es el lugar de pertenencia de esa rueda, ¿a qué lugar pertenecerá?
 

domingo, 2 de marzo de 2014

Nietzsche, Heidegger y la verdad como estimación de valor y el error.

En el «valor» lo que es estimado [das Geschätzte] y producto de una estimación [das Er-shätzte] se piensa en cuanto tal. Tener-por-verdadero y tomar y poner como «valor» es estimar. Pero esto quiere decir, al mismo tiempo, hacer una estimación y comparar. Con frecuencia opinamos que «estimar» (al estimar una distancia, por ejemplo) es simplemente fijar y determinar de modo aproximado una relación entre cosas, circunstancias, seres humanos, a diferencia de un cálculo exacto. En verdad, sin embargo, a la base de todo «calcular» (en el sentido estrecho de una «valoración» numérica) se encuentra un estimar. (Heidegger, Nietzsche, Ariel, 2013).

Y después de escuchar a Heidegger decir estas palabras, pues pertenecen a las lecciones impartidas por él en 1940 acerca del nihilismo europeo,  me quedo con las ganas de escuchar más. Deseo añadir que si el tener por verdadero es estimar (algo que ya trato en mi libro, Desde el punto de vista de la estimación, si bien desde otra perspectiva), entonces determinar cómo aparece el «error» se constituye como una cuestión central. El tener por verdadero tendrá por fundamento la evitación de la comisión de cualquier error. Pero si esta pretensión fuera de por sí inalcanzable o no realizable de forma completa, entonces la verdad aparecerá como un «error» privilegiado: el modo privilegiado, dominante, desde el cual se califica lo erróneo. Y aquí lo relevante residirá en el privilegio adquirido, la verdad la considero calificada de errónea por razón de la pretensión en la que se fundamenta: la suposición de que solo debe haber un único modo de determinar lo erróneo. Esto de por sí ya constituye un «error», ahora bien, uno muy especial. Aquí aparece ya una inversión de valor, pues al «error» adquiere el rango de valor: lo valioso consistirá en cómo otorgar y determinar lo que ha de valer por «error». En otras palabras, sin un sistema desde el cual determinar que ha de valer por «error» no podrá determinarse lo que habrá de valer por «verdadero» (lo no erróneo). Y si ningún sistema excluye de forma firme la comisión de errores, entonces no podrá defenderse la existencia de un único sistema desde el cual determinar lo verdadero; o sea, que esa pretensión, repito, ya constituye de por sí un «error». Algo que presupongo dado por sabido en Nietzsche y que Heidegger pasaba por alto (pues a lo dicho hasta aquí habría ahora que añadir el considerar el «ser» como valor, considerar la pretensión de determinar el «ser» del ente sin cometer error alguno, y claro esto ya constituye otro modo de incurrir en un «error»).

lunes, 24 de febrero de 2014

Heidegger y la capacidad de encontrar, mostrar y buscar entes.

Somos capaces de encontrar, mostrar y buscar entes en cualquier momento. ¿Pero «el ser»? ¿Es casual que apenas lleguemos a aprehenderlo y que con todas las múltiples relaciones con el ente olvidemos esta referencia al ser? (Heidegger, Nietzsche, Ed. Ariel, p.685) 
Estas palabras pertenecen a las lecciones que impartió Heidegger en 1940 a propósito de Nietzsche y el nihilismo europeo. Pero las he traído aquí para dejar constancia de una reflexión radical frente el preguntar de Heidegger. La cuestión interrogaría por eso que en esta cita ya está dado por supuesto, dado por cierto de antemano: ¿cómo sucede el hecho de que seamos capaces de encontrar, mostrar y buscar entes en cualquier momento? ¿Acaso no cabe errar cuando se despliega esta tarea? ¿No cabe errar cuando apenas llegamos a aprehender «el ser» encontrado? ¿No será aquí donde Nietzsche clava su aguijón al afirmar que la verdad consiste en una especie de error? ¿No subyace aquí un movimiento que pretende lograr firmeza (aprehender el ser de lo ente) frente a su movimiento opuesto que la niega (pues pretender dotar de firmeza lo no firme ya constituye un error)...? 

lunes, 10 de febrero de 2014

¿Por qué emplea Nietzsche las palabras de un modo tan poco comprensible?

Aquí, y en otros muchos pasajes similares, podría formularse una pregunta cercana a la irritación: ¿por qué emplea Nietzsche las palabras de un modo tan poco comprensible? La respuesta es clara: porque no escribe un manual escolar como «propedéutica» de una «filosofía» ya acabada sino que habla de modo inmediato desde lo que se trata propiamente de saber. En el campo visual de su razonamiento, la proposición comentada es lo más unívoca y concisa posible. Evidentemente, una decisión queda aún abierta: la de si un pensador debe hablar de modo que cualquiera lo comprenda sin más, o si lo pensado de modo pensante revalúa ser dicho de manera tal que quienes quieran repensarlo tengan que emprender antes un largo camino en el que aquel cualquiera quedará necesariamente atrás y sólo algunos llegarán a la cercanía de la meta. 
Esta cita pertenece a Heidegger y está sacada de su obra titulada Nietzsche, editada por Ariel filosofía (2013), páginas 488-489. Y la razón de haberla transcrito reside en que yo sí pienso que el pensador debería hablar de manera que le comprendan otros, no solo unos pocos. ¿Por qué  esta discrepancia?, ¿a qué razones obedece? Comenzaré por el final de la cita, en la que literalmente se afirma que sólo algunos llegarán a la cercanía de la meta. Pero por mi parte preguntaría, ¿cómo se determina una meta, el final de una llegada?, ¿cómo uno sabe que ha alcanzado la meta? ¿cómo descarta uno el haberse podido equivocar?

jueves, 23 de enero de 2014

Filosofía y poesía, María Zambrano.

«[...] hoy poesía y pensamiento se nos aparecen como dos formas insuficientes; y se nos antojan dos mitades del hombre: el filósofo y el poeta. No se encuentra el hombre entero en la filosofía; no se encuentra la totalidad de lo humano en la poesía. En la poesía encontramos directamente al hombre concreto, individual. En la filosofía al hombre en su historia universal, en su querer ser. La poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia. La filosofía busca, requerimiento guiado por método.»
De que forma tan sencilla en estas palabras de María Zambrano (Filosofía y poesía, p.15, FCE 2005) encuentro enunciado lo más valioso en pos de lo cual dirigía su pensamiento: el hombre entero, la totalidad de lo humano. Pero además, también descubro en ellas los lugares valiosos en los que realizó esa búsqueda: filosofía y poesía. De palabras como estas, y otras tantas como ellas, aprendí  que el pensamiento se ha de dirigir hacia aquello que más le vale, hacia lo digno de ser pensado.
Por otra parte, cabría preguntar qué debemos entender por «el hombre entero». Personalmente, respondería que no una idea determinada, sino algo sabido ausente, algo por encontrar. Esas palabras expresan algo sabido por la persona que las enunció, una ausencia sentida y sabida en lo ya encontrado. Tanto la figura del  pensador como la del poeta le mostraban un ser incompleto, carente de algo; en ellos encontraba algo ausente, algo que movía a seguir con la búsqueda, algo que no cesaba de inquietar: algo valioso sabido ausente. A esto lo denomino yo un saber de valores y a María Zambrano la considero una pensadora que guió su pensamiento para alcanzar a expresar todo lo valioso que mueve al ser humano, todo lo valioso que daba razón de sus propios movimientos como ser humano.

miércoles, 22 de enero de 2014

Cuestión de temperamento, Wittgenstein.

106. Cuando se dice a veces que la filosofía de un hombre es cuestión de temperamento, hay en ello una verdad. La preferencia por ciertas metáforas es lo que podría llamarse cuestión de temperamento y en ellas descansa una parte de las contradicciones mucho mayor de lo que puede parecer. (Wittgenstein, Observaciones diversas. Cultura y valor, Ed. Gredos, 2009)
 Ayer añadí una entrada en torno a la seriedad. Y hoy me encuentro con este texto referido al temperamento. En él aparece como una cuestión de temperamento la preferencia por ciertas metáforas. Desde mi personal perspectiva, esta preferencia consiste en una cuestión de valor. Las metáforas leídas literalmente consisten en enunciados falsos a los cuales en vez de rechazarlos se los admite por el valor a ellos se otorga o, dicho de otro modo, valores que en ellos cabe encontrar. Bien pensado, no cabría objetar nada frente al rechazo de una metáfora por considerarla falsa.
Sin embargo, en el caso contrario el juego de lenguaje consistirá en perseguir el valor que supuestamente depositó el autor al usar unas metáforas y no otras. Precisamente, el rechazo de las metáforas o su aceptación residirá en una cuestión de temperamento: la seriedad que el oyente preste a las metáforas lo dará a conocer. Aquí verdad señala hacia aquello que uno asume, señala hacia aquello que uno no rechaza aunque fuese falso.
Dicho con mis propias palabras, cuando a pesar de la falsedad literal de un enunciado uno muestra su preferencia por él, ahí descubriré aquello que esa persona le otorga valor. En palabras de Wittgenstein, hay en ello una verdad. 

martes, 21 de enero de 2014

Acerca de la seriedad.

Esta mañana leí las siguientes palabras «así pues, se toman en serio las demostraciones». Es cierto que estas palabras pertenecen a Heidegger, pero la autoría considero que aquí no tiene mayor relevancia. Cualquiera sabe tomarse una demostración en serio. Pero me quedé pensando un momento y entonces surgió la pregunta, ¿qué es eso de «tomar en serio»? ¿qué es la seriedad? Y, aunque me sonrío, lo pregunto muy en serio. Y otra vez se cuela la palabra. Cierto que escribo en serio, pero ¿qué quiero decir al expresarme así? ¿Podría escribir no en serio? Sí, podría escribir en broma. Pero, ¿podría tomarme esa broma... en serio?
Y no se crea el lector que a continuación responderé mejor a estas preguntas. Al contrario, con cada palabra que escribo, conforme arrugo la frente aparece la tentación de prescindir del término seriedad. Me gustaría decir: «En serio, a partir de ahora ya no me tomaré nada en serio, pues dejaré de usar esa palabra». ¿Cambiará por eso mi vida?   ¿Podría de dejar de tomarme las cosas en serio sin dejar de hacer todo lo que hago tal y como lo hago?
¿Y... quién inventaría la seriedad?
Y así me quedo dudando acerca de la legitimidad de juzgar mi conducta con fundamento en la seriedad o falta de seriedad...
¿Habrá habido antecesores nuestros, ejemplares de la especie homo sapiens, de los cuales no podría decirse con rigor que eran gente seria ni no seria?

viernes, 10 de enero de 2014

Wittgenstein, observaciones acerca de la estimación de valor.

Me encuentro leyendo Observaciones diversas. Cultura y valor, texto contenido en el segundo tomo dedicado a Wittgenstein de la colección Biblioteca de grandes pensadores de la editorial Gredos. Y nada más comenzar he tropezado con diversos fragmentos que corroboran la tesis de que cualquier ser humano cuando comprende algo le otorga valor: sin estimación de valor no habría comprensión. Por ejemplo:
7. La mirada humana tiene la capacidad de hacer las cosas más valiosas; ciertamente, también se vuelven más caras.
 Y al leer este texto entiendo que otorgamos valor al comprender aquello que vemos. Cierto que Wittgenstein solo afirmó que nuestra mirada tiene esa capacidad, pero a eso añadiría que con mayor o menor fuerza esa facultad siempre está en uso. No solo eso, sino que abstenerse de otorgar valor, la ausencia de estimación allí donde cabría esperar que se diera, ya constituye una apreciación realizada. Trataré de explicarme mejor, en un ámbito en  el que pudiera darse una valoración favorable o desfavorable, la ausencia de la una u otra también podrá quedar comprendida como una estimación realizada (la ausencia de calor o frío no significa la ausencia de temperatura, ni la de la capacidad humana para apreciarla, pues no pasar ni frío ni calor ya constituye la determinación del modo en el que uno se encuentra).
10. Cada mañana hay que atravesar de nuevo la escoria muerta, para llegar al núcleo vivo y cálido.
¿Cómo comprender y separar la «escoria muerta»  del «núcleo vivo y cálido»? Sostengo que quien no pueda apreciar la diferencia de valor implícito en las expresiones usadas no entenderá este enunciado. Literalmente, uno no se encuentra cada mañana escoria muerta, al menos yo no, ni se encuentra un núcleo vivo y cálido. Sin embargo, el enunciado queda comprendido con facilidad, claro que para que esa comprensión se realice por cada lector sucederá que este deberá estimar qué ha de quedar comprendido como «escoria muerta» y como «núcleo vivo y cálido». Ambas expresiones muestran el carácter con el que las palabras nos invitan a comprender aquellos sucesos que cada uno se encuentre. Invitan a reflexionar sobre el otorgamiento de valor en un determinado sentido, con un carácter determinado, carácter que se expresa en el uso de esas palabras. También nos invitan a buscar ese valor, ese núcleo vivo y cálido. Este texto lo comprendo como una invitación a distinguir durante el día entre lo que ha de valer como «escoria muerta» y lo que ha de valer como «núcleo vivo y cálido», y esta distinción realizada resultará de la capacidad de juzgar o estimar todo aquello nos acontezca a lo largo del día. Y termino añadiendo que la falta de juicio ya constituirá una toma de posición.


martes, 7 de enero de 2014

Heidegger, el temple de ánimo y el encontrarse fuera de nosotros mismos.

«El temple de ánimo es precisamente el modo fundamental en el que estamos fuera de nosotros mismos.» (Heidegger, Nietzsche, Ariel, 2013)
Considero legítimo preguntar de forma sencilla acerca de la verdad o falsedad de un enunciado como este. Y por mi parte yo lo consideraría literalmente falso, pues ¿cómo podría encontrarme fuera de mí? ¿Y en qué consiste ese lugar tan extraño denominado sí mismo? ¿Qué esquematismo lógico sostendrá la posibilidad de poder encontrarse dentro y fuera de sí mismo? ¿Cabe comprender un lugar más acá de ese fuera de sí en el que encontrándome en él no podría encontrarme, no podría dar conmigo, si no fuera por ese salir fuera de mí mismo?
Llegado a este extremo, si no descarto lo enunciado (y no lo descarto), su sentido no residirá en el valor de verdad. Mi posición al respecto consiste en sostener que enunciados como este pretenden disponer al oyente hacia la búsqueda de una comprensión valiosa. Solo el valor de lo que se alcance comprender por mediación de un enunciado falso fundamentará la presencia de dicho enunciado. No solo eso, sino que ese valor alcanzable y alcanzado mediante la comprensión del enunciado en principio falso, también fundamentará el uso habitual  que sostiene la verdad de lo enunciado. En este segundo uso de la palabra «verdad» encuentro implícito el valor otorgado a la comprensión alcanzada: verdad significará ahora comprensión valiosa.
Por último, desearía anotar el alto rango del valor buscado mediante la comprensión pretendida con este enunciado: la comprensión propia, el modo como nos comprendemos a nosotros mismos. Nada menos discutible que el valor de alcanzar a comprendernos adecuadamente. 

domingo, 29 de diciembre de 2013

Heidegger y la distinción entre desear y querer.

  La siguiente cita de Heidegger la he obtenido de la lectura de su obra titulada Nietzsche. Advierto de que no pretendo reflejar la dilucidación profunda que realiza el autor al distinguir el querer del desear, puesto que después de las palabras que cito desautorizará la interpretación de las palabras "someterse a una orden" como "seguir un mandato". Precisamente así lo pensé yo tras una primera lectura. No obstante dejo aquí mi personal divagación para que juzgue el lector acerca de la distinción propuesta por Heidegger a propósito de Nietzsche y la noción de voluntad de poder.
¿Es entonces el querer un desear al que se le agrega la intervención propia? No; querer no es de ninguna manera desear, sino someterse a la propia orden, es la resolución de ordenarse a sí mismo que en sí misma es ya ejecución. (Heidegger, Nietzsche, p.47).
 Querer no es un desear al que se le agrega la intervención propia... Pues yo pienso que sí, que precisamente es eso. ¿No consisten las palabras siguientes en otra forma de decir lo mismo? No, claro que no, pretenden decir otra cosa. Pero..., ¿lo consiguen?

viernes, 27 de diciembre de 2013

¿Qué es la verdad?

Las siguientes palabras las transcribo de la obra de Heidegger titulada Nietzsche,  (Editorial Ariel, 2013):
A la pregunta: ¿qué es la verdad?, Nietzsche responde: «Verdad es la especie de error sin la cual una determinada especie de seres vivientes no podría vivir. El valor para vida decide en última instancia» (La voluntad de poder, nº493). 
Y frente a estas palabras preguntaría por cómo se determina el error o los errores. Y, al parecer, esta determinación de los errores enraíza en última instancia con el valor para la vida. En otras palabras, los errores (y entre ellos incluiría ese error tan especial denominado verdad) se determinan con fundamento en razones de valer, razones que determinan lo que sucede como «error», razones a las cuales la vida les da su valor. En definitiva, donde no haya errores, tampoco habrá verdad alguna (quiero decir: solo donde cabe el error, podrá encontrarse la verdad).

lunes, 23 de diciembre de 2013

Wittgenstein, el reconocimiento del Hombre en el hombre.


(1914) I. Cuando oímos a un chino, nos inclinamos considerar su lenguaje como un balbuceo inarticulado. Pero quien entiende el chino reconocerá allí el lenguaje. Así, con frecuencia, no puedo reconocer al Hombre en el hombre. (
Wittgenstein, Cultura y valor, observaciones diversas, incluido en Wittgenstein II, Gredos, 2009, Biblioteca de grandes pensadores).
   Qué fácil me resulta comprender estas palabras y, sin embargo, qué difícil dar razón de esta comprensión. Por un lado, las palabras de Nietzsche me hablaban de superar al hombre. Por otro lado, ahora las de Wittgenstein me advierten de que a veces sucede que puede pasar desapercibido el Hombre en el hombre. Al parecer, debido al uso de las palabras, no debe resultar difícil sabe dar con el hombre, saber buscarlo. Cuestión distinta parece ser el encontrarlo. Me gustaría añadir, quien lo encuentre que lo reconozca y después, si así lo desea, que lo supere.
Y digo yo, ¿por qué el hombre (el de la letra minúscula, el individuo) ha de soportar la carga de mostrar al Hombre (el de la letra mayúscula)?
Respecto a las palabras de Wittgenstein, ¿no muestran ya a un individuo sabedor de una ausencia. Un individuo que hecha en falta el lenguaje para reconocer al Hombre? ¿No se da a conocer el autor por su disposición a reconocer al Hombre? Esas palabras, ¿no muestran un criterio usado por Wittgenstein para reconocer al Hombre? ¿No delatan la relevancia que él concedía al lenguaje?  
Y Nietzsche, con sus palabras, ¿no muestra la voluntad del autor de disponer al lector para que asuma una tarea, para que emprenda la labor de superar al Hombre?
Y entre tanta palabra, me gustaría preguntar ¿cómo queda comprendido el hombre? y preguntaría no solo por el universal, el escrito en mayúsculas, sino por cada individuo, por el que se escribe con letras minúscula. Acaso, ¿hablan ambos autores de lo mismo por el hecho de usar la misma palabra, "hombre"?

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El oro citado por Nietzsche y Heráclito.

"Te enojas, perro de fuego: ¡así, pues, tengo razón en lo que he dicho sobre ti!
Y para seguir teniéndola, oye algo de otro perro de fuego: éste habla verdaderamente desde el corazón de la tierra.
Oro sale de su boca al respirar, y lluvia de oro: así lo quiere su corazón. ¡Qué le importan la ceniza y el humo y el légamo caliente!
La risa sale revoloteando de él como una nube multicolor; ¡desdeña el gargareo y los escupitajos y el retortijón de sus entrañas!
Pero el oro y la risa -los toma del corazón de la tierra: pues, para que lo sepas, -el corazón de la tierra es de oro". (Nietzsche, Así habló Zaratustra, Alianza editorial, 1983, p.195)
Entiendo que con la mención del oro, en estas palabras, queda señalado lo más valioso, puesto que el valor del oro ya está dado por sabido. Y así comprendo que lo más valioso está

domingo, 15 de diciembre de 2013

¿Podríais vosotros crear un Dios?

Las siguientes palabras me muestra un indicio más acerca de qué quiso decir Nietzsche al hablar del superhombre:
¿Podrías vosotros crear un Dios? -¡Pues entonces no habléis de dioses! mas el superhombre sí podría crearlo. (Nietzsche, Así habló Zaratustra, p.131).
Y me quedo pensando que con carácter previo a la creación de un Dios habría que formarse una idea de eso que uno ha de poder crear. ¿Os podrías formar vosotros una idea apropiada de Dios?, esta es la pregunta que yo formularía. Y estas otras, ¿por qué creer que cuando uno menciona la palabra "Dios" ya sabe de qué está hablando? ¿Hablamos, entonces, todos sobre lo mismo por el solo hecho de mencionar la misma palabra?
Por último, no deja de ser curioso que para superar al hombre, sobrepasar la idea de hombre, uno debería de ser capaz de crear un dios, pues pienso la idea de dios y de la divinidad como algo demasiado humano. 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Nietzsche, y el discurrir en pos de lo valioso.

En esta cita breve encuentro la expresión de la voluntad de guiarse por un pensamiento que va en pos de lo valioso y que rechaza la construcción de deducciones lógicas que no omitan ningún paso y que muestren con claridad el discurrir de premisa en premisa hasta dar con la firmeza de la conclusión. Frente a ese discurrir deductivo en Nietzsche encuentro el discurrir que busca expresar algo valioso, y desprecia y deprecio aquello carente de valor. Y ello no desmerece la claridad:

"En las montañas el camino más corto es el que va de cumbre en cumbre [...]" (Nietzsche, Así habló Zaratustra, Alianza editoras  p.69, "Del leer y el escribir"). 

Y yo escucho, el pensamiento elevado discurre a grandes saltos desde lo valioso a otro tanto del mismo valor: presenciando valor.

martes, 3 de diciembre de 2013

El sentido de la tierra y Nietzsche.

 Uno de los cometidos que pretendo abordar al leer la obra de Nietzsche persigue formarme una idea, en la media de lo posible, acerca de la noción de superhombre (übermensch). Ya en el prólogo de Así habló Zaratustra se encuentran las siguientes palabras que comprendo como señal que indican dónde buscar para desentrañar qué quiso decir Nietzsche con la expresión citada:
El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra! (Nietzsche, Así habló Zaratustra, prólogo).

Sin embargo, más adelante, en el capítulo titulado del árbol de la montaña, Nietzsche ofreció una indicación más precisa acerca de lo que cabe entender por el sentido de la tierra:
Cuanto más quiere elevarse hacia la altura y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo, -hacia el mal. (Nietzsche, Así habló Zaratustra).

domingo, 1 de diciembre de 2013

Nietzsche y la superación del hombre.

Y Zaratustra habló así al pueblo:
Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo?
Todos los seres han creado hasta ahora algo por encima de ellos mismos: ¿y queréis ser el reflujo de esa gran marea, y retroceder al animal más bien que superar al hombre? (Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Alianza Editorial, 11ª, 1983)
Y comenzaré por preguntar ¿a quién se dirigen estas palabras? ¿Quién debe superar al hombre? Y para superar al hombre, ¿qué debería entenderse por hombre? Y una vez superado el hombre, ¿qué se entenderá entonces por hombre? ¿Quién quedará comprendido como ese que sobrepasa al hombre? ¿Qué deberá entenderse como lo sobrepasado, una vez  dejado atrás el hombre? En definitiva, ¿hasta qué punto puede ser abandonada la idea de hombre? ¿Hasta que extremo podría cualquiera abandonar toda posible idea de hombre? ¿Y que nuevas ideas vendrían a reemplazarla?
Con estos interrogantes y otros que aparecerán comienzo la lectura de Nietzsche.