jueves, 17 de octubre de 2013

Acerca de la representación del tiempo, según Kant.

[...] sólo podemos representarnos el tiempo (que es un objeto de la intuición externa) con la imagen de una línea que trazamos. Sin esta última forma de mostrar, no seríamos capaces de conocer la unicidad de su dimensión. (Kant, Crítica de la razón pura; Taurus (2007); B156).
No pretendo negar que el tiempo se represente solamente con una línea que trazamos, aunque cualquiera pudiera preguntar si no podrían darse otras formas de representar el tiempo. Quiero dirigir la atención a que en este texto explícitamente Kant debió decir: Sólo podemos representarnos correctamente el tiempo... No obstante, supondré que cualquiera alegaría que se da por sabido que la representación pretendida es la correcta.
Pues bien, mi interés filosófico se separa ahí en busca de otros derroteros. Me pregunto, ¿cuántas maneras podrían darse de representar el tiempo incorrectamente? Si alguien me ofreciera una representación incorrecta del tiempo, ¿cómo lo lograría? ¿Por qué creyó, quien así actuara, que habría representado el tiempo? ¿Qué razones tuvo para ello?
Para acabar, si aquello con lo que fue representado el tiempo de forma incorrecta presentara un uso distinto (representara algo que no fuera el tiempo), ¿no podría resultar por ello valiosa esa representación, incluso más valiosa que la representación lineal del tiempo?
Y ahora me descubro buscando las razones por las que Kant pensó que el tiempo sólo se podría representar con la imagen de una línea que trazamos (pues nada me impide estimar, al menos momentáneamente, como incorrecta la propuesta kantiana).

sábado, 12 de octubre de 2013

La pregunta por la contradicción

Cita literal del libro titulado Sabiduría para pasado mañana, antología de fragmentos póstumos de Nietzsche, editada por Tecnos (2009), página 59.

7. [152]¿Cómo surge el arte? Como medicina para el conocimiento.La vida sólo es posible a través de imágenes ilusorias del arte.La existencia empírica condicionada por la representación.¿Para quién es necesaria esta representación artística?Si lo Uno primordial necesita la apariencia, entonces su esencia es la contradicción.La apariencia, el devenir, el placer.

En este texto encuentro que se da por sabido aquello que al menos yo no daría por sabido. Pues preguntaría: ¿Y cuál es la esencia de la contradicción?
Dado que si la esencia de la contradicción fuera que no cabe el darse de lo contradictorio, no habría mayor contradicción que el darse y no darse de lo contradictorio.
Por un lado, todo lo que se da en tanto que acontece se dará exento de contradicción (si fuera contradictorio no acontecería).
Ahora bien, si no se diera la contradicción, no cabría su negación mediante el principio de no contradicción. Si no se diera contradicción alguna, ni siquiera sería formulado el principio de no contradicción. Por lo tanto, si comprendo (o comprendemos) el principio de no-contradicción, la contradicción se da, acontece.
Por consiguiente, aquel uno primordial cuya esencia es la contradicción requerirá en cumplimiento de su propia esencia la aplicación del principio de no contradicción. Pues no habrá mayor contradicción esencial que esta.
En otras palabras, allí donde aparezca la contradicción se encontrará con carácter inherente el principio de no-contradicción (aparecerá para negarla). Por el contrario, allí donde resulte aplicable el principio de no-contradicción, la contradicción ya estará puesta como fundamento de este principio (para negar la contradicción, antes será comprendida). 
En definitiva, tan esencial como la contradicción será la negación de la contradicción, lo cual de por sí constituye una contradicción.

Y me quedo pensando..., ¿no nacerá la contradicción de la humana pretensión de imponer un modo de comprender el mundo? ¿No subyacen en las palabras de Nietzsche esa misma pretensión de imponer una manera de comprender? ¿Por qué entender como contradictorio lo que, paradójicamente, por ser contradictorio podría pensarse como no-contradictorio?

Ni siquiera podría afirmar que comprendo el alcance de lo que trato de decir. Pero vislumbro que, como tantas otras veces, aquí me queda mucho por indagar.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Un enunciado falso en la Crítica de la razón pura


El siguiente texto pertenece a la Crítica de la razón pura, precisamente en el final del apartado dedicado a la función lógica del entendimiento en los juicios. Y me ha llamado la atención porque lo considero falso. Pero para explicarme mejor comenzaré por transcribirlo:

«La proposición apodíctica piensa la asertórica como determinada por esas leyes del mismo entendimiento y, por ello, como afirmando a priori; así es como expresa necesidad lógica». (Kant, Crítica de la razón pura; Taurus, 2007, p.110; A76).
Desconozco el acierto o desacierto de la traducción, pero las proposiciones no piensan. Así que o bien es falso el enunciado que acabo de escribir o, en caso contrario, aparecería una contradicción. Por una parte la proposición apodíctica piensa y, por la otra, la proposición apodíctica no piensa.
Ciertamente, cabría defenderse de esta modesta crítica alegando que me he quedado en una lectura literal del significado. Lo comprendería. Pero aquí comienza la cuestión sobre la que quiero profundizar.
Precisamente Kant previamente había afirmado que el conocimiento consiste en abarcar conceptualmente las intuiciones sensibles (considero bien conocido las célebres palabras de Kant: «Los pensamientos sin contenido son vacíos; las intuiciones sin conceptos son ciegas.»).
Dentro de este horizonte de comprensión, yo preguntaría: ¿Cómo abarcar por el concepto de «proposición apodíctica» el acto comprendido mediante el concepto de «pensar», o de «acción de pensar»? Precisamente esos conceptos los encuentro en la proposición estudiada (las proposiciones apodícticas piensan las asertóricas…). En tanto que juicio, y según la tabla de juicios propuesta por Kant, se trataría de un juicio universal (cantidad), afirmativo (pues ni es negativo ni infinito) y, según la relación, categórico (ni hipotético ni disyuntivo). Por lo que quedaría por determinar si el juicio tiene carácter problemático, asertórico o apodíctico. Y dado que mediante ese juicio entiendo que quedó expresado el pensamiento del autor, Kant, comprenderé ese juicio como asertórico. Y en consecuencia lo considero falso o, lo que es igual, no verdadero.
No digo que dicho enunciado no se comprenda, sino que en un discurso que trata de demostrar que el conocimiento consiste en la tarea de abarcar las intuiciones mediante conceptos, no debería aparecer un uso de conceptos que va más allá del propio concepto. Este enunciado, su uso ahí, entraría en contradicción con lo que pretendía demostrar Kant, que el conocimiento consiste en el uso estricto de los conceptos. De ser así, la proposición enjuiciada debería evitarse por ser falsa.
Pero entonces me descubro dirigiéndome la siguiente pregunta, ¿si me encuentro con enunciados falsos como este, por qué sigo leyendo?
La respuesta, a estas alturas, me parece sencilla: porque en ello encuentro algo valioso.
Precisamente, en el enunciado falso me detengo a pensar, me descubro divagando sobre él. Y en este caso concreto pienso que Immanuel Kant era un pesador vivo al momento de escribir ese enunciado. No solo que él vivía, sino que su pensar discurría, se movía. Por una parte estaba el pensador y aquello que pretendía decir, aquello que pretendía dejar escrito: su pensamiento (entendido como producto lógico y consistente). Por otra parte, estaba el ser humano que recurría al lenguaje para expresar aquello que pensaba en un determinado momento y lugar, sus pensamientos y sus modos o maneras de expresarlos.
Y ahí en esa pequeña discrepancia me imagino haberme encontrado no con Kant, el gran pesador del que hablan todas las historias de filosofía de Occidente, sino con Inmanuel Kant la persona que asumió el reto de pensar y expresar su pensamiento en una obra como la Crítica de la razón pura.
¡Qué usó para ello algunos enunciados falsos! ¡Tanto mejor!
No seré yo quien juzgue sobre el acierto o desacierto acerca del contenido de su obra. Por mi parte me basta con descubrir por mediación de las palabras escritas unos pensamientos que acontecieron en un determinado tiempo y en un determinado lugar. Pensamientos a los que debo atribuir una valor muy singular, pues incluso en esos casos en que los considero falsos me mueven a pensar (tal y como aquí acaba de suceder). 

domingo, 6 de octubre de 2013

Razones de valer en la Crítica de la razón pura

El siguiente texto está transcrito de la página 73 de la Crítica de la razón pura, escrita por Immanuel Kant, (Editorial Taurus, 2007), concretamente el párrafo A30 dentro de la estética transcendental, sección primera, el espacio. Dice así:

El concepto trascendental de fenómeno en el espacio, por el contrario, recuerda de modo crítico que nada de cuanto intuimos en el espacio constituye una cosa en sí y que tampoco él mismo es una forma de las cosas, una forma que les pertenezca como propia, sino que los objetos en sí nos son desconocidos y que lo que nosotros llamamos objetos exteriores no son otra cosa que simples representaciones de nuestra sensibilidad, cuya forma es el espacio y cuyo verdadero correlato -la cosa en sí- no nos es, ni puede sernos, conocido por medio de tales representaciones.

 Literalmente Kant afirmó que los objetos en sí nos son desconocidos. Frente a palabras como estas me detengo y me pregunto, ¿por qué entonces distinguir entre objetos en sí y la representación de esos objetos? ¿Por qué incidir en esta diferencia? Pues si los objetos en sí nos son desconocidos quizá, aunque fuera por mero azar, alguna vez pudieran corresponder con eso que Kant denomina representaciones suyas? Dicho con otras palabras, si el objeto en sí permanece desconocido, y de él solo se sabe la imposibilidad de su conocimiento,  ¿para qué presumir su existencia? ¿No podría afirmarse igualmente la inexistencia del objeto en sí?
Llegado a este punto me dirijo a averiguar la razón de la diferencia entre la cosa en sí y su representación ¿Por qué hizo valer Kant esta diferencia? Y la respuesta que acepto me muestra lo que podría denominarse el destierro de la ignorancia: desalojar la ignorancia del espacio abarcado por el conocimiento humano. Distinguir entre aquello que ignoramos y no podremos llegar a conocer jamás (la cosa en sí) y aquello que conocemos o que podemos llegar a conocer (la representación). Lo cual quiere decir, asentar en fundamentos firmes (apodícticos) el conocimiento humano. Esta pretensión la encuentro en el discurso kantiano y la considero la razón de valer de la diferencia citada.
La cuestión que restaría por dilucidar interrogaría sobre si, con esta distinción entre la cosa en sí y la representación, Kant consiguió excluir del mundo de las representaciones la ignorancia humana o, lo que me vale por igual, el error. Sencillamente, si Kant logró hacer valer un horizonte cognoscible en el que el error (en cuyo concepto cabría incluir la contradicción) fuera siempre consecuencia de una comprensión inadecuada de ese mundo de representaciones humanas.
Ciertamente, el movimiento del pensar kantiano perseguí alcanzar una meta valiosa para el pensamiento humano (dicho en términos generales).

domingo, 22 de septiembre de 2013

Adonde la argumentación nos lleve

   Las siguientes palabras las he transcrito del diálogo de Platón, República, concretamente del libro III, 394.c. (Biblioteca clásica Gredos, página 165). En ellas aprecio la relación entre las palabras y el viento:
[...] allí adonde la argumentación, como el viento, nos lleve, hacia allí debemos ir.
   Ciertamente en la época en que este texto fue escrito la mayoría de las palabras serían pronunciadas, pocas quedarían escritas. Y me resulta fácil relacionar la emisión de palabras con el movimiento del aire. Las palabras quedarían comprendidas desde la capacidad de dar forma al viento, conformar el aire o hacer que el aire se note. Un movimiento liviano que solo mueve aire y que, sin embargo, es capaz de encaminar hacia un allí al que se debe llegar. La argumentación, al menos en este texto, no consiste en una deducción inalterable e inamovible, sino todo lo contrario: el desvelamiento del lugar al que se debe llegar, precisamente la conclusión.
Curiosamente, terminé mi libro, Desde el punto de vista de la estimación, con una reflexión en torno a Sócrates y acerca del valor que él concedió a seguir la voz de otros (el valor de comprender y saber seguir la voz de otro). No sin cierta sorpresa ahora he encontrado en Platón el valor concedido a seguir el camino indicado mediante palabras, el razonamiento. En mi libro escribí:
Y sin rebuscar tanto, comprendo la vivencia de leer como la capacidad de seguir el camino constituido por las palabras de otro (pág. 373).
   Y ahora, que acabo de transcribir esta oración, descubro una diferencia fundamental entre el texto platónico y mis palabras. En el primer texto la palabra era apreciada por su oralidad, comparada con el viento. En el segundo texto resulta apreciada la palabra escrita. Ahí  también descubro la distancia entre los lugares en los que ambas fueron escritas. Y sin embargo hasta aquí perdura la capacidad de comprenderlas, de compartirlas. Dos mundos comprendidos tan distantes, sin dejar de ser por ello un único mundo.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Aristóteles

A veces me sucede que, sin saber el porqué, me detengo después de leer un párrafo sin entender ni poder explicar las razones que han provocado esa detención. Pienso que en ese texto encuentro algo por descubrir, como si reconociera que ahí me estuviera dejando algo por indagar. Este es el caso con el siguiente texto que transcribo literalmente de los Analíticos primeros de Aristóteles (Órganon I, Biblioteca clásica Gredos, 1988) párrafo 50a:
Pues, en general, lo que no es como el todo respecto de la parte y no tiene enfrente otra cosa como la parte respecto del todo, a partir de eso en ningún caso razona el que hace una demostración, de modo que ni siquiera surge un razonamiento. 
 Allí donde no se da una relación como la que cabe encontrar entre el todo respecto a la parte no podrá darse razonamiento alguno. Por lo tanto, la relación que enfrenta el todo respecto a la parte y cualquier otra análoga fundamentará el darse de cualquier razonamiento: sin esa relación no habrá razonamiento. ¿Cómo he de comprender esta afirmación? ¿Sobre que presupuestos o fundamentos quedará sostenida esta aserción?

domingo, 15 de septiembre de 2013

El mundo afecta

Ayer me detuve a pensar el siguiente enunciado: el mundo afecta...
La frase completa a la que pertenece es la siguiente:
El mundo afecta al ocuparse, es decir, al descubrirse el mundo en el ocuparse comparece no ante un mero quedarse mirando contemplando algo que está ahí, sino que primariamente y en todo momento (también al quedarse mirando el mundo) comparece ante un estar-siendo-en-él, cuidándolo, atendiéndolo. (Heidegger, Prolegómenos para una historia del concepto de tiempo; Ed. Alianza Editorial, 2007; p.318).
He transcrito el enunciado completo por una cuestión de justicia, pero mi interés se dirigió hacia las tres primeras palabras: el mundo afecta. 
Entonces escribí: Las palabras escuchadas y leídas, como parte de ese mundo que son, también afectan a todo aquel que se ocupe leyéndolas (a todo el que se encuentre ocupado con su lectura). Y todo lo que afecta mueve. Y si mueve, moverá a alguien. Y aquel que se mueve transita. Andará ocupado. Y todavía quedará por preguntar por el quién del que así anda ocupado. 
Y acabé, el mundo no afecta, sino que en el mundo se da un ser afectivo: se da el ser que resulta afectado o que transita emocionado: un ser animado.