lunes, 18 de noviembre de 2013

Kant y la exitencia del ser supremo.

Acabo de leer en la Crítica de la razón pura:
En efecto, supongamos que hubiese obligaciones que fuesen perfectamente correctas en la idea de la razón, pero sin realidad aplicable a nosotros mismos, es decir, obligaciones que carecerían de motivos de no suponerse un ser supremo que pudiera dar efectividad y firmeza a las leyes prácticas. En este caso, tendríamos  también obligación de seguir conceptos, que, [...], son preponderantes atendiendo a la norma de la razón... (Kant, Crítica de la razón pura, B616, p. 498).
Según estas palabras de Kant, en términos lógicos, si no hubiera ser supremo, no habría fundamento efectivo y firme para seguir ciertas obligaciones correctas a la idea de la razón.
Dado que sí hay ciertas obligaciones correctas a la idea de la razón, habrá que inferir la necesaria existencia de ser supremo como fundamento de tales obligaciones.
Esta conclusión se alcanza por modus tollens. Dada la negación del consecuente habrá que concluir con la negación del antecedente, y puesto que en el antecedente se negaba la existencia de un ser supremo, aparecerá su afirmación como la exigencia de fundamento firme de ciertas obligaciones correctas a la idea de la razón.
Ahora bien, tal y como añade Kant, la cuestión quedaría determinada por la atribución de preponderancia al concepto. La disyunción entre seguir ciertas obligaciones o carecer de fundamento para seguir esas mismas obligaciones solo podrá disolverse mediante un criterio de preponderancia, lo cual viene a significar (al menos para mí) ponderación, valoración, estimación o, en definitiva, inclinación. El otorgamiento de valor a ciertas obligaciones conllevaría la comprensión de las mismas con fundamento en un ser supremo. Por lo que, aquí descubro una inclinación de la razón, y la cuestión que me gustaría plantear al autor, Kant, interrogaría por la razón de quién. Le preguntaría, ¿por qué la razón aparece como única?
Y, antes de terminar, advertiré de que estos razonamientos encontrarán respuesta en Kierkegard: no cabe razonamiento alguno ni especulativo ni práctico que lleve a sostener la creencia en dios, pues en este caso no estaríamos hablando de creencia (de fe) sino que hablaríamos de una conclusión obtenida desde premisas no cuestionadas. Y aquí aparece la razón de alguien, que sí creía en Dios, y precisamente se distingue de esa razón única kantiana. 

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